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Qué mal debió pasarlo cuando rodearon sus alas. Pensaría en que habría llegado el fin de sus días, en que nunca más vería el mar embravecido, en escuchar a sus retoños olvidados. Esperaría ansioso una muerte rápida e indolora que lo alejase de la mofa sanguinaria que caracteriza a los humanos. Los escalofríos del pánico podrían causarle una parálisis mortal, un colapso respiratorio para dejar de sentir …

Sin embargo, pese a sus posibles cavilaciones de desgracia, nada de ello sucedió. Repentinamente su cuerpo se expandió y la mano que o oprimía dejó de ser cadena para convertirse en una magnífica pista de despegue.

Abrió sus alas y voló.

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