el camaleón-crustáceo-tijereta

No sé en qué momento me atreví a cogerlo.

A simple vista no era más que un bicho verdoso que se escurría entre las hierbas malas del cesped del vecino. No sé, supongo que fué la maldita curiosidad la que me impulsó a correr frenéticamente detrás de aquella cosa veloz hasta llegar al pantano. Al no haber llovido en varias semanas, pude avanzar hasta una inmensa maraña de ramas y raíces retorcidas que se agolpaban semihundidas en el fango y rebuscar un hueco por el que poder observar. Permanecí en silencio… no recuerdo los minutos (me encantan estos momentos en los que la espera te hace sentir depredador) hasta sentir una pequeña vibración bajo mis pies. En aquel instante mis sentidos estaban tan sumamente alerta que si una mosca hubiese sobrevolado mi espacio de pensamiento, la hubiese fulminado. El bicho raro no tardó en reaccionar… el silencio y la ausencia total de movimientos lo hizo confiarse. Primero sacó la pinza, luego su lengua roja raspó una ramita y zás!

Mi curiosidad llegó a su fin.

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